Lema pastoral curso 2026-27
Lema
Cerramos el trienio franciscano que hemos recorrido bajo el lema «Con todo el corazón». Durante estos tres años se nos ha invitado a volver al centro de la persona, al lugar desde donde nacen las decisiones auténticas, el compromiso real y la vocación profunda: el corazón.
La espiritualidad franciscana, desde sus orígenes, ha sido una espiritualidad que brota de dentro hacia fuera. No se construye desde grandes discursos ni desde elaboraciones racionales complejas, sino desde una experiencia interior que transforma la mirada y la forma de estar en el mundo. Por eso, este trienio ha querido acompañar un proceso progresivo: amar, sentir y soñar con todo el corazón.
Este tercer año no supone un punto final, sino una síntesis y una proyección. Todo lo vivido y trabajado encuentra ahora su sentido en una pregunta clave: ¿qué hacemos con lo que hemos amado y sentido?, ¿hacia dónde se orienta nuestra vida?, ¿qué proyecto estamos llamados a encarnar?
Sublema: SUEÑA CON TODO EL CORAZÓN
El verbo SUEÑA no se entiende aquí como evasión ni como idealismo ingenuo. En clave franciscana, soñar es una actitud profundamente encarnada. San Francisco no soñó una vida cómoda ni un proyecto abstracto: soñó una forma de vivir el Evangelio, y se dejó transformar por ese sueño hasta el final de su vida.
El año del Tránsito de Francisco, con el que se vincula este sublema, nos sitúa precisamente en ese momento de plenitud. Francisco no termina su camino frustrado, sino entregado. Su sueño se ha hecho vida, y su vida se convierte en semilla. Soñar, en este sentido, es atreverse a acoger el proyecto que Dios sueña para cada persona y asumir la responsabilidad de hacerlo realidad en el mundo concreto que habitamos.
Este lema interpela directamente a nuestro alumnado y a toda la comunidad educativa: ¿Cuáles son mis sueños?, ¿qué mundo quiero construir?, ¿qué vida merece ser vivida?, ¿me he preguntado alguna vez cómo me sueña Dios?
Elementos gráficos del cartel: El corazón
El corazón vuelve a ocupar el centro del cartel, como lo ha hecho a lo largo de todo el trienio. No es un recurso reiterativo, sino el símbolo que unifica el proceso vivido. En este último año, el corazón ya no aparece únicamente como lugar de acogida o de sensibilidad, sino como fuente.
Desde el corazón humano, atravesado y abierto, nacen los sueños. Es un corazón pleno, firme, que no se repliega sobre sí mismo, sino que se abre y se desborda. Representa una interioridad trabajada, educada y fortalecida a lo largo de los dos cursos anteriores, capaz ahora de proyectarse hacia fuera.
La figura de San Francisco, que irrumpe y se eleva desde el corazón, simboliza ese paso decisivo: salir de uno mismo para entrar en el corazón de Dios. No se trata solo de soñar desde lo que uno es, sino de dejarse transformar profundamente para que el sueño nazca desde Dios.
La Tau
La Tau franciscana aparece este año vinculada directamente a la palabra SUEÑA. No se sitúa dentro del corazón, sino en el origen mismo del acto de soñar.
Este gesto gráfico es profundamente significativo: los sueños nacen del corazón, pero la forma de soñar queda configurada por el carisma franciscano. No se trata de cualquier sueño, ni de un sueño individualista o desarraigado, sino de un sueño marcado por el Evangelio, por la fraternidad, por la minoridad y por el cuidado de la vida.
La Tau actúa así como criterio, orientación y horizonte del modo de soñar. Es el signo que recuerda que soñar, desde Francisco, es dejarse transformar por el proyecto de Dios y poner los propios deseos al servicio de un mundo más humano y más justo.
El carisma franciscano no apaga los sueños: les da forma, dirección y sentido.
La presencia de la Tau fuera del corazón, colgada en el entorno, refuerza esta idea: no es un elemento impuesto desde dentro, sino una referencia visible que acompaña el camino y recuerda continuamente el origen y el sentido de los sueños.
El mundo que nos rodea
El entorno que envuelve el corazón recoge visualmente los elementos trabajados en el curso anterior: la tierra, el agua, la casa, los árboles, el paisaje. Este mundo no es un decorado, sino la realidad concreta donde se encarnan los sueños.
Soñar no es huir de la realidad, sino mirarla con profundidad y responsabilidad. Es desde este mundo sentido, cuidado y reconocido como hogar común desde donde se proyectan los sueños que transforman.
La explosión de colores: los sueños
Del corazón, atravesado por esa experiencia de encuentro con Dios, surge una explosión ascendente de color, que se convierte en el eje visual del cartel. Esta fuente de colores simboliza los sueños, los proyectos, los ideales y las posibilidades que nacen cuando una persona ha aprendido a amar y a sentir con todo el corazón.
Los colores se elevan, se expanden y se mezclan. No siguen un orden rígido, porque los sueños no se imponen ni se programan: se descubren, se acogen y se trabajan. Representan vida, creatividad, esperanza y futuro. Son la imagen de una transformación que comienza en el interior, pero que se plenifica cuando la persona se abre a Dios y se deja habitar por su sueño.
Conclusión
Este cartel cierra el ciclo iniciado hace tres años y, al mismo tiempo, abre un horizonte nuevo. Recoge lo vivido y lo lanza hacia adelante. No pretende dar respuestas cerradas, sino provocar preguntas, despertar deseos y acompañar procesos personales y comunitarios.
Es una invitación a creer que la vida de cada persona es valiosa, que tiene sentido y que está llamada a ser proyecto. Que el sueño de Dios para cada uno no es abstracto ni lejano, sino profundamente humano y posible.
Amar, sentir y soñar… todo ello con todo el corazón.
Como Francisco, estamos llamados no solo a soñar, sino a dejarnos transformar, a salir de nuestro propio corazón para entrar en el corazón de Dios y desde ahí proyectar una vida nueva.